Costumbres de una tradición ancestral:
Las Cachúas de Cabral.
Legado cultural que permanece en la memoria y los corazones Cabraleños.
Por Yasir Féliz
La tarde del Domingo Santo de 1952, alrededor del parque de Cabral, algunas Cachúas estaban dispersas y otras reunidas, conversando sobre asuntos propios del pueblo y de la tradición. En medio de ese ambiente, alguien notó en silencio la ausencia de un Cachúa: Manuel Heredia Cuevas, “Moro”. Al pronunciar su nombre, la alegría se disipó y el dolor embargó a todos los presentes.
Moro formaba parte del grupo que solía congregarse en ese mismo lugar, pero aquel día no pudo, ni podría jamás, asistir a la tradición. No al menos en vida. Meses antes, en 1951, Heredia Cuevas, quien trabajaba como ayudante en un camión, había fallecido en un aparatoso accidente en la carretera Barahona-Azua. Su muerte no solo estremeció a todo el pueblo de Cabral, sino que golpeó con mayor fuerza a su grupo de Cachúas, que lo consideraban un hermano y compañero.
Ese Domingo Santo, 13 de abril de 1952, su ausencia, notoria y desgarradora, se hizo imposible de ignorar. Fue entonces cuando sus compañeros, encabezados por Alfredito Féliz, además de sentirlo y llorarlo, tomaron una decisión que transformaría para siempre la tradición: ir al cementerio municipal, derramar ron y repicar el fuete sobre la sepultura de Manuel Heredia Cuevas, como acto de homenaje a su memoria.
Desde entonces, este gesto se convirtió en ritual. Una práctica que, con el tiempo, se ha mantenido y fortalecido, logrando hacer de esta una manifestación donde el duelo se transformó en memoria viva y el peregrinaje se consolidó como identidad cultural de Cabral.
Más de siete décadas después, el pueblo de Cabral recorre sus calles con el Júa, se dirige al cementerio para quemarlo y, al mismo tiempo, honra a las Cachúas fallecidas, preservando una tradición auténtica que nos identifica, nos enorgullece y nos une.
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