Vivimos tiempos marcados por un rechazo creciente de las verdades del evangelio y de la moralidad bíblica. Esa convicción es lo que me ha llevado a revisitar con detenimiento las palabras que Cristo dirigió a las siete iglesias de Asia Menor, registradas en los tres primeros capítulos del libro de Apocalipsis. No escribo sobre los grandes acontecimientos escatológicos descritos en ese libro, sino sobre algo más inmediato y quizás más incómodo: la condición espiritual de las iglesias que Cristo amó, confrontó y disciplinó. Porque lo que les ocurrió a ellas podría ocurrirnos a nosotros también.
De las siete iglesias mencionadas, cinco recibieron advertencias de juicio inminente a menos que se arrepintieran. Las otras dos —Esmirna y Filadelfia— no fueron reprendidas, pero sí alertadas sobre tiempos de oposición severa que se avecinaban. Ninguna quedó exenta del peso del mensaje. Y la frase que cierra cada carta lo deja en claro: «El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias». Siete cartas, siete repeticiones de la misma expresión. No es casualidad. Es urgencia.
El pecado dentro de la iglesia no puede ignorarse.
Uno de los problemas más agudos que enfrentamos hoy es que son muy pocos los pastores y líderes que predican sobre la necesidad de arrepentimiento dentro de la iglesia. Se ha escrito y hablado mucho sobre el evangelio —lo cual es loable—, pero hemos descuidado recordarle al creyente que ese mismo evangelio nos llama al arrepentimiento. Es más fácil definir el evangelio que tener una vida definida por él. Es más fácil predicar un sermón de una hora que vivir lo predicado durante el resto de la semana.
Es más fácil definir el evangelio que tener una vida definida por él.
La gracia que da origen al evangelio proviene de un Dios santo que no trata con ligereza el pecado, ni en el incrédulo ni en el creyente. Pablo llamó insensatos a los gálatas, inmaduros y carnales a los corintios. Cristo, a través del apóstol Juan, le dijo a la iglesia de Laodicea —cuyos miembros eran llamados hermanos en la carta a los colosenses— palabras que difícilmente clasificaríamos como amables en el sentido contemporáneo: «Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de Mi boca» (). Y por si alguien argumentara que estas palabras iban dirigidas a los incrédulos dentro de esa congregación, el versículo siguiente disipa toda duda: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo». Esa es la declaración de Cristo sobre Su propio pueblo.
La iglesia no puede entretenerse con el pecado de los que están afuera y descuidar el pecado de los que están adentro. Pablo es explícito en : nosotros debemos juzgar a los de adentro; a los de afuera los juzgará Dios. Esto no es rigorismo; es cuidado pastoral de la santidad del cuerpo de Cristo. El pastor que vive entre las ovejas puede identificar patrones pecaminosos cuando estos infiltran la congregación. Y en esos casos, predicar fielmente las Escrituras no es una opción; es una responsabilidad, porque Dios puede usar la exposición de Su Palabra para traer arrepentimiento a Su pueblo.
El juicio comienza por la casa de Dios
No ha habido una época en la historia bíblica en que el pueblo de Dios no haya sido juzgado o disciplinado. Los cuarenta años en el desierto, la época de los jueces, los días de las siete iglesias del Apocalipsis. Más cercano a nosotros, el gran avivamiento que Dios trajo en los tiempos de Jonathan Edwards llegó solo después de un profundo arrepentimiento colectivo. Dios nunca ha pasado por alto el pecado en medio de Su pueblo.
Pedro lo sintetiza con sobriedad: «Es tiempo de que el juicio comience por la casa de Dios» (). El avivamiento que tanto anhelamos ver en Latinoamérica no llegará si el pueblo de Dios no se humilla primero. El arrepentimiento del creyente no garantiza automáticamente un avivamiento, pero sin esa humillación delante de Dios, difícilmente puede producirse. Eso me carga el corazón. Y digo esto sin contradicción con la soberanía de Dios: que Él esté en control no impidió que Cristo llorara por el juicio venidero sobre Jerusalén, ni que Jeremías lo hiciera por Israel, ni que Daniel y Nehemías oraran con lágrimas por la condición espiritual del pueblo. La soberanía de Dios no anestesia el dolor pastoral; a veces, lo profundiza.
El avivamiento que tanto anhelamos ver en Latinoamérica no llegará si el pueblo de Dios no se humilla primero.
En las cartas a las siete iglesias hay una advertencia concreta: en ausencia de arrepentimiento, Cristo vendría y retiraría el candelabro —es decir, Su endoso, Su autoridad, Su presencia manifiesta—. Esa posibilidad debería inquietarnos. La mayor tragedia no es el creciente rechazo externo al evangelio; es la posibilidad de que Cristo retire Su presencia de en medio de nosotros por nuestra propia tibieza, orgullo o tolerancia al pecado.
El que tiene oído, que oiga
Las cartas a las siete iglesias no fueron escritas exclusivamente para esas congregaciones del siglo primero. La gran mayoría de los estudiosos ortodoxos entiende que el Espíritu Santo las inspiró para ser leídas, enseñadas y predicadas en miles de iglesias a lo largo de toda la historia redentora. Si fueran solo para aquellas siete congregaciones, ¿de qué habrían servido para el resto de la iglesia durante dos mil años?
Es una pena que el libro de Apocalipsis haya sido tratado casi exclusivamente como un catálogo de profecías por cumplirse, dejando de lado una cantidad significativa de enseñanzas vitales para la iglesia de hoy. Como señala G. K. Beale, este libro debe traer ánimo a los creyentes de todas las épocas, porque en él vemos cómo Dios lleva a cabo Sus propósitos aun en medio de la tragedia, el sufrimiento y el aparente dominio de Satanás. Es un libro de advertencia, de corrección, de afirmación, de estímulo y de esperanza.
Juan recibió esta visión en Patmos —una isla de apenas treinta y cuatro kilómetros cuadrados donde Roma desterraba a sus enemigos— y se identificó simplemente como siervo del Señor, no como apóstol. Esa sola observación es un mensaje para muchos hoy, que prefieren el título antes que la condición de siervo. Mi propósito al reflexionar sobre estas páginas es el mismo que animó al Espíritu Santo al inspirarlas: llamar la atención del pueblo de Dios, especialmente de las iglesias del mundo hispanohablante, para recordarles que así como Jesús pasó juicio sobre aquellas siete iglesias en la antigüedad, Él también juzgará a Su iglesia hoy.
Por eso, más que nunca, hace falta que la iglesia hispanohablante se reúna alrededor de estas verdades; no solo para escucharlas, sino para dejarse examinar por ellas. El llamado de Cristo a sus iglesias no era un llamado privado; era una convocatoria pública al arrepentimiento. Y ese mismo llamado sigue vigente hoy.
El que tiene oídos para oír, que oiga.

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