
Los característicos calcetines que lleva Davidovich pueden ser en el fondo un reflejo de lo que es él, ¿o de lo que somos todos? Uno es blanco y el otro negro. Dos caras. El malagueño tiene un gran talento con la raqueta, pero en ocasiones la cabeza le falla e incluso le lleva a tener algún mal comportamiento. Es el “fokinismo” en estado puro, un jugador muchas veces impredecible, capaz de lo mejor y de lo peor. En Mallorca tenía una gran oportunidad. Quinn es un tenista joven, 22 años, y estaba en su primera final. El estadounidense intentó jugar con descaro, pero por momentos también le pudo la tensión. Trató de ser agresivo y tomaba riesgo, lo que disparaba tanto sus golpes ganadores como sus errores no forzados. Alejandro no estaba desplegando su mejor juego, pero era más estable.
En el primer set se puso 5-4 y saque, pero encontró el break de vuelta y el duelo volvía a empezar. Hacía calor, los abanicos volaban en las gradas, y el tropiezo le podía pesar al malagueño. Pero Davidovich se recuperó y el parcial se decidió en el “tie-break”. En él, mandaba el español 4-2 y tuvo un revés fácil para 5-3 que mandó fuera. Se llevó las manos a la boca, pero el siguiente punto lo ganó con un revés paralelo en carrera espectacular. Eso es el “fokinismo”. Ya no tembló más.
En el segundo set amenazó casi en todo momento y el servicio de Quinn perdió efectividad. El triunfo ya no se le podía escapar. Como confesó después, hasta los recogepelotas le daban ánimos cuando le pasaban la toalla: "Vamos, que puedes". Y eso le dio más fuerza. Conseguido el primer título, ya no se volverá a hablar de la maldición de las finales ni nada de eso. Ha abierto el camino para que lleguen más en el comienzo de su relación con Pepo Clavet, el "mesías", como lo definió en el discurso del campeón, donde se acordó de alguien más: "Gracias a los que no creyeron en mí".

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