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domingo, 28 de junio de 2026

La dura infancia de Cañita Brava: «Me enterraron vivo, pero 'peté' y me sacaron».

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Cañita, en la calle A Gaiteira de A Coruña, en la que pasó parte de su infancia. «Esta es mi cara de pose», explica poniendo en el dedo en la cara
Cañita, en la calle A Gaiteira de A Coruña, en la que pasó parte de su infancia. «Esta es mi cara de pose», explica poniendo en el dedo en la cara Ángel Manso

Por si tienes prisa, tres cosas que igual ignoras: se llama Manuel González Sabín, tiene 80 años, «aunque nadie me cree cuando lo digo», y su cantante favorito es Tom Jones. Sí, el de «Sex Bomb»


acerle una entrevista a Cañita Brava es un trabajo divertido. Y ciclópeo. El secundario de lujo del cine español disfruta de una inesperada fama como escolta estelar de Torrente en cinco de las seis películas de la saga de Santiago Segura. Si en el mundo del celuloide hay frases inolvidables como aquella de Marlon Brando en El Padrino —«que parezca un accidente»—, nuestro protagonista se hizo célebre por pedirle, cual cobrador del frac, desde detrás de un mostrador seis mil pesetas de whisky al debutante Torrente.

Era 1998 y, casi tres décadas después, ha llegado a ficticio ministro de Cultura en la sexta película del catastrófico expolicía, al que apenas dejó solo en la segunda edición. «Tenía unos conciertos y no pude ir, pero ya me avisó Santiago [Segura], que me prepare porque ya vamos a rodar la séptima», explica.


Este momento de gloria que Netflix multiplicará en las próximas semanas —acaba de estrenar Torrente presidente— no ha cambiado para nada la vida de este humilde personaje. Cuenta su vida como una película. Se ríe de las desgracias y sonríe sin parar. Por la calle no paran de felicitarlo y saludarlo. Incluso de pedirle fotos. «La gente me quiere mucho», presume.


«Estuvieron a punto de enterrarme vivo, pero ‘‘peté'' y me sacaron»

 

Manuel González Sabín, que así se llama, nació el 2 de marzo de 1946 en As Xubias de Abaixo, en A Coruña, aunque en su singular idioma cañités siguen siendo Las Jubias. Tuvo una infancia complicada. Una meningitis vírica con 4 años casi le cuesta la vida. De hecho, cuenta entre risas: «Me enterraron vivo dentro de la caja pensando que estaba muerto, pero me desperté, "peté" y me sacaron. Y aquí estoy».


Le quedaron algunas secuelas. Pero lo peor fue la muerte de su madre, Puri, cuando apenas tenía 9 años. Su crianza la asumió su tía María y Os Castros pasó a ser su barrio. «Empecé a trabajar pronto, con 28 años», explica sin ironía. Recuerda a todos sus jefes en el Puerto. Los Agrafojo, Mario y Agustín. A Enrique, a Pachuco Lema y a Manolo Santamaría. De los que intentaron aprovecharse de él, muchos, prefiere acudir a la memoria selectiva. También derrocha cariño con Lolo Gantes, un histórico periodista coruñés muerto en un accidente de coche. «Siempre le llamé padrino. Se portó conmigo muy bien», añade. De todos ellos ve un poco ahora en Santiago Segura, convertido en su verdadero mecenas y amigo. En los próximos días viajará a Madrid para asistir al fiestón de su 60 cumpleaños. De regalo, confiesa con mirada pícara, le va a llevar «unas torrijas de Casa Pardo, que le rechiflan, se chupa los dedos».


Uno se pregunta cómo se ha colado en el star system español este humilde artesano de la diversión al que vio debutar en los años setenta como cantante por el barrio. La explicación es fácil: «Un día vino Jerónimo el piloto, un amigo, y me dijo si me atrevía a cantar en el palco de la fiesta. Me subí y canté el merengue Cañita brava, que era mi favorito. Gustó mucho y me quedó ese nombre para siempre».


Pero la autopista hacia la gloria fue un sendero tortuoso. No fue hasta 1995 cuando España descubrió su singular talento. En la época en la que no había plataformas y los viernes por la noche eran días de gran consumo audiovisual, Jordi Estadella lo reclutó para el programa que relevó al Un, dos, tres. El semáforo se llamaba. Lo conducía Jordi Estadella y el gran atractivo de la velada era la exuberante Marlene Morreau, una vedete francesa fichada para la ocasión. Pero pronto la simpatía de Cañita y sus duelos con el aragonés Faílde a golpe de castañuelas lo convirtieron en el plato fuerte de la velada.


De ahí pasó a alguna incursión en Crónicas marcianas y llegó la oportunidad del cine con el primer Torrente. «¿Que si tuve miedo? Noooo. Mi secreto es siempre que lucho, nunca me rindo y siempre tiro hacia delante. Tengo mucha resistencia física y química», resume sobre su debut en la gran pantalla. Su otra virtud, presume, es «tener una memoria memorable». Dice que se acuerda de todo, de lo bueno y de lo malo. Recita de memoria la alineación titular del Inter de Milán de los 60 en el que jugaba su gran ídolo, el coruñés Luis Suárez, al que conoció muchos años después de la mano de otro de sus grandes valedores, Juan Manuel Iglesias Mato, Palau, un histórico concejal de Fiestas de A Coruña que en los años de menos fama siempre le brindaba la oportunidad de tocar en algún escenario de la ciudad.


De sus años de éxito le quedan una ristra de buenos amigos. Sobre todo Barragán, el humorista con el que hace pandilla durante los rodajes de Torrente. También ha visto muchas envidias y algún desprecio inmerecido. «Un alcalde llegó a llamarme subnormal y tuvo que disculparse porque demostró que el que no era muy listo era él». De política, pese a hacer de ministro en su último papel, prefiere no hablar. «Es borchenoso [bochornoso, en la traducción del cañités] todo lo que estamos viendo. Prefiero no hablar, porque me enciendo», contrae el gesto por primera vez en la charla.


«Ojalá Quevedo o Bizarrap le dieran un aire a "Encontré el amor"»

 

Pero rápido retorna a su tono más cordial. Avelino, el camarero de La Confusión, el local en el que come varias veces a la semana, le pide que se acuerde de él. Y lo hace de inmediato: «Pon que le voy a pedir a Manolito [el dueño] que le suban el sueldo, ja, ja, ja». Y el fotógrafo le empieza a pedir gestos mientras enseña su camiseta personalizada con los siete títulos del Dépor, otra de sus grandes pasiones. «Te voy a llamar Ángel Garó», le espeta sin que el parecido se vislumbre más allá de la coincidencia con el nombre.


Si el cine y la tele le han dado la fama de la que disfruta, su otra gran pasión es la música. El año pasado se hizo viral su primer videoclip, Encontré el amor, un temazo con un estribillo capaz de competir en cualquier verbena que se precie. «Estoy muy orgulloso porque se me ocurrió a mí. Estaba tumbado en la cama, me tapé los oídos y me fueron saliendo las palabras... Chema [Ríos, un histórico fan de los Beatles] acabó de darle forma. Pero me haría mucha ilusión que la cogiera alguno de estos modernos, Quevedo o Bizarrap, sí, y le dieran un aire», desliza.


Antes de acabar la charla, otra revelación. Su cantante favorito es «Toyón», así del tirón. Tardo unos segundos en pensar quién. Hasta que se pone a tararear el estribillo de Delilah y se arranca con su versión en castellano. «Sí, también me gusta mucho Sex Bomb, pero la otra me gusta más».


Humilde y cercano, Manuel confiesa alguna de las metas que le quedan por alcanzar: «Ojalá la alcaldesa me diera una calle. O unas actuaciones». Y vuelve a La Confusión a terminar su agua y a despedirse de Paula sin dejar de saludar ni de sonreír.


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