
En un momento dado, Casares anuncia que pretende detener a todos los oficiales del cuartel de Pontejos, que es el recinto del que partió la expedición asesina.
–¿Usted piensa hacer eso? –le preguntó Prieto–.
–Pues sí, pues es un crimen que no se puede ocultar.
–Si usted comete esta tontería, le aseguro que la minoría socialista se marchará del Congreso.
–Muy bien, muy bien. Pero el oficial de Asalto que aparezca con la más mínima responsabilidad, ese es detenido.
Por supuesto, Prieto se salió con la suya y no se detuvo a nadie. El comisario Lino lo intentó con el capitán Condés. Fue a pedir ayuda a la Guardia Civil, pero el comandante Naranjo, ayudante del general Pozas, que era el director general de la Benemérita, se desentendió, afirmando que «no quería meterse en líos». Cuando llegó a la casa del asesino, éste había salido, dejando recado a la portera de que no pensaba volver...
Una escena al detalle
En sus memorias, el dirigente comunista Manuel Tagüeña Lacorte cuenta con detalle cómo se gestó y ejecutó el crimen de Calvo Sotelo, aunque él no participó directamente. La tarde-noche del domingo 12 de julio, unos pistoleros a los que no se ha podido identificar asesinaron al teniente Del Castillo cuando iba a tomar el servicio en Pontejos. Castillo era, a ojos de la derecha, como el Billy el Niño del franquismo, al que responsabilizaban de todas las violencias policiales contra falangistas, tradicionalistas y activistas de la CEDA. Pero Castillo era, además, instructor de las milicias socialistas y uno de los contados oficiales del Ejército, junto con Condés, que cumplieron su palabra y se unieron a la revolución de Octubre del 34. Amnistiado, ingresó en la Guardia de Asalto.
Tagüeña cuenta cómo en la Dirección General de Seguridad paisanos de las milicias comunistas y socialistas, junto con oficiales de las fuerzas de Seguridad, revisaban los archivos en busca de sospechosos de pertenecer a Falange para ejercer represalias. Y cómo salieron dos expediciones mixtas, con milicianos y guardias de Asalto, con el propósito de asesinar a Calvo Sotelo y a Lerroux. Este último, no estaba en casa. Pero a Calvo Sotelo nadie le avisó de la muerte de Castillo y del riesgo de las represalias. Era domingo y su contacto en el «ABC» no trabajaba. Entonces no salían los periódicos los lunes.

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