
Un claro ejemplo de esto es lo que ocurre en la localidad francesa de Saint-Guilhem-le-Désert, un pueblo medieval situado en el norte de Francia y cuya población estable no supera los 250 habitantes. El problema o la virtud, según se mire, es que este enclave es considerado uno de los pueblos más bellos de Francia y ha sido reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Fue fundado en el año 806 por Guillermo de Gellone (primo de Carlomagno) e históricamente ha sido un punto de parada fundamental para los peregrinos que hacen la Vía de Arles (el recorrido francés del camino de Santiago).
Además, al estar situado en un entorno privilegiado, entre las gargantas del río Hérault y el valle del Verdus, hace que sea un lugar atractivo para todo tipo de visitantes y que cada año reciban entre 600.000 y 800.000 turistas.
Esta situación ha provocado mucho malestar entre los vecinos que lo han denunciado en el diario francés "Beauty Case". Uno de ellos, ya jubilado, explicó que "la multitud impone su ritmo: no podemos salir de casa o de compras cuando queremos".
Otro vecino, Gérard Vareilhes, denunció que otro de los inconvenientes es el ruido que se produce durante los meses de verano, que les obliga a cerrar las ventanas por las noches para poder conciliar el sueño.
El alcalde del municipio, Robert Siegel, comentó en el mismo diario que "hay alrededor de 450 aparcamiento, más un centenar añadidos para los periodos pico". Desde el ayuntamiento tienen un objetivo muy claro: tratar de reducir el número de visitantes en verano para que, de esta manera, sea una experiencia más cómoda tanto para los turistas como para los residentes en el municipio. En realidad, es un objetivo muy ambicioso y poco realista, debido a la gran fama del municipio. Habrá que ver hasta dónde es capaz de llegar.

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