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China está haciendo algo que aquí parecería una noticia de otro siglo: abrir bibliotecas y convertir la lectura en una política de Estado. Mientras medio mundo discute cómo mantener a los jóvenes pegados a una pantalla sin perderlos del todo, ellos decidieron volver al libro. No porque sean románticos. Porque entendieron algo básico: un país que deja de leer empieza a pensar peor.
Hace años que en este país no escucho la inauguración de una biblioteca en una provincia o municipios. Se inauguran elevados, carreteras, edificios públicos y hasta línea de metro con el nombre de poetas, pero una biblioteca ya no parece una prioridad. Y sin embargo debería serlo. Porque la pobreza también empieza cuando se vacía el lenguaje.
El ministro de Educación tendría que mirar ese ejemplo. China lo hace. Suecia también está dando marcha atrás con el exceso digital y recupera cuadernos, lápices y libros físicos en las aulas. Después de años apostando todo a las pantallas, descubrieron que los estudiantes comprendían menos, retenían menos y se distraían más. No hacía falta un laboratorio para entenderlo. Bastaba con entrar a un salón de clases.
Yo vengo de una generación que aprendió a leer con una maestra que apenas tenía una pizarra, una tiza, un borrador y una regla que imponía más respeto que cualquier algoritmo moderno. Y aun así salíamos leyendo. Leyendo de verdad. Había silencio, concentración y una idea simple: para entender el mundo primero había que aprender a leerlo.
Hoy muchos jóvenes viven atrapados en la ansiedad de lo inmediato. Les cuesta terminar una página, escribir un párrafo o sostener una conversación sin mirar el teléfono. No es culpa de ellos solamente. También es culpa de un sistema que confundió modernidad con abandonar el hábito de pensar.
El Ministerio de Educación y el de Cultura deberían iniciar un gran programa nacional de lectura. Bibliotecas, clubes de lectura, ferias de libros en barrios y escuelas. Porque si seguimos formando generaciones que no leen ni escriben, terminaremos creando ciudadanos cada vez más fáciles de manipular, más vacíos y solos. Y si no ocurre nada, entonces, la tecnología habrá ganado la batalla al libro.
Demuéstrame que estoy equivocado…

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