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Pretende situarse como una estación intermedia entre nuestro planeta y los viajes a Marte y a la Luna. Y para ello lleva unos 100 experimentos a bordo. Entre ellos algunos con embriones artificiales.
Mientras buena parte del mundo sigue mirando a la Luna como el próximo gran objetivo espacial y a Marte como la meta próxima de la humanidad, China continúa construyendo algo menos espectacular, pero quizás más importante a largo plazo: una presencia humana permanente en órbita. Y mañana dará un nuevo paso en esa dirección con el lanzamiento de la misión Shenzhou 23, el próximo relevo tripulado hacia la estación espacial Tiangong.
A primera vista, la misión puede parecer una rotación más de astronautas. Tres taikonautas (combinación de taikōng, espacio en chino y nauta o navegante) despegarán desde el centro espacial de Jiuquan, a bordo de un cohete Long March 2F, para pasar aproximadamente seis meses en la estación espacial china. Pero detrás de esa aparente rutina se esconde algo mucho más ambicioso: China está intentando convertir el espacio en un entorno de trabajo continuo, estable y científicamente útil.
La comparación inevitable es la Estación Espacial Internacional (ISS). Sin embargo, Tiangong representa una filosofía distinta. Mientras la ISS fue concebida como un gran proyecto internacional liderado por Estados Unidos y Rusia, la estación china es, esencialmente, el resultado de una estrategia autónoma. Un laboratorio orbital propio, desarrollado paso a paso durante más de una década. Y Shenzhou 23 llega en un momento especialmente simbólico.
En los últimos meses, el programa espacial chino ha acelerado claramente su calendario. La misión anterior, Shenzhou 22, tuvo incluso que ser adelantada y lanzada sin tripulación tras un problema detectado en otra cápsula acoplada a Tiangong. Aquello obligó a China a demostrar algo crucial para cualquier programa espacial moderno: capacidad de respuesta rápida en caso de emergencia. Ahora, con Shenzhou 23, el objetivo vuelve a centrarse en la ciencia.
Según medios estatales chinos, la nueva tripulación realizará experimentos relacionados con materiales avanzados, aleaciones de tierras raras y estudios biológicos en microgravedad, incluyendo investigaciones sobre “embriones artificiales” y sistemas celulares complejos.
Puede sonar abstracto, pero la lógica detrás de estos experimentos es muy concreta. El espacio permite estudiar fenómenos imposibles de aislar en la Tierra. Sin gravedad, por ejemplo, las células se comportan de otra manera, los fluidos circulan diferente y ciertos materiales cristalizan con estructuras más puras. Es una especie de laboratorio extremo donde la física cotidiana deja de funcionar igual. Y eso tiene aplicaciones muy reales, en primera instancia.
“La misión – señala el comunicado - utilizará embriones de pez cebra, embriones de ratón y "embriones artificiales" derivados de células madre para explorar el establecimiento de un sistema de investigación embrionaria espacial que abarque desde vertebrados inferiores hasta mamíferos superiores. En el ámbito de la ciencia de los materiales espaciales, su investigación se centrará en la producción de materiales avanzados, incluyendo imanes permanentes de tierras raras de alto rendimiento y aleaciones ligeras de alta entropía, y en el estudio de cómo regular su rendimiento”. En total un centenar de experimentos en un laboratorio a 400 km de distancia de la Tierra.
Porque el verdadero objetivo de China ya no parece limitarse a mantener una estación orbital: todo apunta a que Tiangong se está utilizando como plataforma de entrenamiento para futuras misiones lunares. Y esa es la verdadera segunda instancia. De hecho, el programa espacial chino lleva meses acumulando hitos discretos, pero importantes. El gigantesco cohete Long March 10 (pensado para vuelos lunares tripulados) ya ha superado pruebas clave. También avanzan las validaciones de Mengzhou, la nave que debería llevar astronautas chinos hacia la Luna antes de 2030.
En ese contexto, Shenzhou 23 funciona casi como una pieza intermedia entre dos eras: la de la estación espacial y la de la exploración lunar. Uno de los aspectos más interesantes de la misión es que podría incluir una permanencia orbital récord dentro del programa chino. Fuentes vinculadas al programa espacial apuntan a que uno de los astronautas permanecerá más de un año en órbita, algo fundamental para estudiar cómo responde el cuerpo humano a estancias prolongadas en microgravedad. Y ahí aparece uno de los grandes desafíos de la exploración espacial moderna: el cuerpo humano.
La radiación, la pérdida de masa muscular, la alteración del sistema inmunitario o incluso los cambios psicológicos derivados del aislamiento siguen siendo obstáculos enormes para cualquier misión de larga duración. Antes de pensar en Marte, las agencias espaciales necesitan entender qué le ocurre exactamente al ser humano tras meses o años fuera de la Tierra. China quiere obtener esa información por sí misma.
También está cambiando algo menos visible, pero igualmente importante: la dimensión geopolítica del espacio. Tiangong ya no es solo una estación china. Actualmente alberga experimentos internacionales y el país ha comenzado a abrir progresivamente su programa espacial a colaboraciones con otros estados. Incluso está previsto que futuros astronautas extranjeros participen en misiones hacia la estación.
Eso transforma el significado de Shenzhou 23. No es únicamente un lanzamiento tripulado: pretende ser uno de los mayores logros de cualquier potencia espacial no es llegar una vez al espacio, sino convertirlo en algo rutinario, como una línea ferroviaria orbital. Si todo sale según lo previsto, la tripulación despegará mañana a las 17:00 hora peninsular desde el desierto de Gobi y alcanzará Tiangong pocas horas después mediante un acoplamiento automático. Desde allí comenzará una nueva etapa de experimentos, mantenimiento y vida cotidiana en órbita.
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