| Nelly Ramírez Moncada Innovación, Clima y Capital |
Hay algo incómodo en la conversación sobre el cambio climático que evitamos enfrentar. No es solo un problema técnico, ni financiero, ni siquiera ambiental en sentido estricto. Es un problema profundamente humano, porque en el fondo nos está pidiendo cambiar la forma en que vivimos. Eso, inevitablemente, genera resistencia.
Cambiar cómo construimos nuestras casas no es un tema de arquitectura. Es cuestionar hábitos, aspiraciones y una idea de progreso que durante décadas nos hizo creer que más concreto, más acero y más tecnología siempre era mejor. Hoy sabemos que no necesariamente.
La construcción tradicional no solo concentra una parte importante de las emisiones globales, también ha ido rompiendo una relación básica con el entorno. Hemos diseñado ciudades que necesitan aire acondicionado para funcionar, como si el calor fuera un error del sistema y no una condición con la que se puede dialogar desde el diseño. En ese proceso, convertimos algo tan esencial como el clima en un costo fijo mensual, y en muchos casos, en un lujo.
En México esto resulta particularmente evidente. Antes de que existieran los sistemas de enfriamiento artificial, ya se construía con inteligencia climática. Casas orientadas para aprovechar el viento, muros de adobe que regulan la temperatura, patios interiores que permiten la ventilación cruzada. No era estética, era supervivencia y hoy vuelve a serlo. El aire acondicionado no solo consume energía, también está redefiniendo la desigualdad. Quien puede pagar electricidad constante se protege del calor. Quien no, enfrenta riesgos crecientes de salud, productividad y bienestar. El calor extremo ya no es solo incomodidad, es un problema sanitario y económico que empieza a sentirse con fuerza en ciudades como Mérida. ¿Por qué seguimos construyendo como si el clima no importara?
construimos viviendas, es cómo construimos ciudades. Aquí es donde entra un concepto que empieza a ganar fuerza y que, bien entendido, puede cambiar la conversación, las ciudades de 15 minutos. La idea es simple, pero transformadora. Diseñar ciudades donde las personas puedan acceder a lo esencial, trabajo, servicios, educación, salud, en un radio cercano, sin depender de largos traslados.
Esto no solo reduce emisiones. Reduce calor urbano, consumo energético, estrés hídrico y desigualdad. Una ciudad que obliga a recorrer largas distancias para todo es una ciudad que consume más energía, más agua, más tiempo y más salud. Una ciudad diseñada a escala humana es, en esencia, una ciudad más resiliente.
Muchas políticas públicas fallan se enfocan en soluciones visibles pero superficiales. Pintar una ciclovía sin rediseñar el sistema de movilidad. Construir más infraestructura sin replantear cómo se usa. Responder al problema, pero no cambiar la lógica que lo genera. Pensar en ciclovías aéreas, corredores urbanos bien diseñados o barrios autosuficientes no es exagerado. Es empezar a diseñar sistemas completos en lugar de parches. Es entender que la infraestructura, el clima, el agua y la vida cotidiana están profundamente conectados.
La transición climática no va a venir solo de grandes inversiones o acuerdos internacionales, va a llegar también de decisiones mucho más cercanas. Cómo orientamos una casa, qué materiales usamos, si captamos agua o la dejamos ir, si diseñamos ciudades para autos o para personas.
No se trata de elegir entre desarrollo o sostenibilidad, esa discusión ya quedó atrás. Se trata de entender que el desarrollo que ignora el entorno simplemente no es viable. Construir diferente no es un lujo. Es y será una necesidad económica, social y humana, quizás también, una oportunidad.
Una oportunidad para adaptarnos al cambio climático y replantear la forma en que habitamos el mundo. Porque en el fondo, de eso se trata. No de edificios, sino de la vida que ocurre dentro de ellos, la nuestra.

No hay comentarios:
Publicar un comentario