
Explica hoy en una charla que ofrece en la ciudad la represión que sufren las mujeres persas por el régimen de los ayatolá.
—¿Todavía tiene familia viviendo en Irán?
—Sí, mi familia vive allí. Yo estoy sola aquí desde que vine hace 18 años. Desde enero, cuando comenzaron las manifestaciones y la represión, el régimen cortó internet de forma drástica. Aquel mes pasé una semana entera sin saber nada de mi familia, mientras veíamos las terribles imágenes de los muertos. Aquellos días algo se rompió dentro de todos los iraníes que vivimos fuera. Luego, antes de la guerra, pude volver a hablar con ellos, pero se volvió a cortar. No he podido hablar con mi madre desde que comenzó la guerra.
—Qué duro...
—Sí, mucha angustia. Por eso he empezado yo a hacer cosas después de la masacre de enero. Siento la responsabilidad de denunciar lo que está pasando porque ellos no tienen voz. También me gustaría recordar, que es de algo de lo que no se habla mucho, que muchísimas personas en el país han perdido su sustento a causa del apagón y de la guerra. Es otro coste más que pagamos.
—Primero las protestas y luego la guerra. ¿En España costaba criticar ambas cosas, la guerra y el régimen?
—Sí, de alguna manera la guerra tapó toda la represión que hubo antes. Al régimen lo refuerza esta guerra porque se victimiza a costa del pueblo que masacró este año. Ambas cosas son terribles. La dictadura nos mata y también la guerra. Irán es el campo de batalla de las potencias mundiales y el pueblo iraní es quien paga el precio y, por desgracia, no es la primera vez. Esto ya pasó antes en mi país, también en Siria o en Afganistán.
—Sobre todo las mujeres.
—Sí. De eso trata mi charla de hoy. Antes de nada, tenemos que entender que las mujeres han tenido una gran importancia en los movimientos revolucionarios y políticos del país desde el siglo XIX. Tras la llegada del régimen de Jomeini en 1979, se nos ha reprimido. Irán se rige por la ley islámica (sharia), que dicta que tú, como mujer casada, tienes que pedir permiso para todo a tu marido. Le pongo un ejemplo: la mujer de mi hermano fue hace poco a renovar el pasaporte sola y no pudo hacerlo; le dijeron que tenía que ir su marido. Es terrible, y miles de mujeres llevan años luchando y siendo reprimidas por tratar de cambiar esto.
—Luego está el tema del velo. Aquí, en España, se ha hablado mucho sobre él y se decía que se ha relajado su imposición.
—Las mujeres llevan menos el velo porque es una muestra de rebeldía, de lucha; pero todavía puede acarrear problemas. Estuve en Irán el verano pasado y la policía me paró en tres ocasiones por no llevar el velo o porque se me veía el pelo. En una ocasión, mientras estaba en la tienda de un señor, apareció la policía de la moral. Me amenazaron con que, si no me ponía el velo, le cerraban la tienda al dueño. Sé que, por decir esto, el régimen me va a tachar de traidora y de ser prooccidental, pero no, yo denuncio lo que sufren las mujeres y mi pueblo.
—En su última visita, entonces, le pilló también la guerra con los bombardeos de Israel y Estados Unidos.
—Sí, es la segunda que vivo. De pequeña también me tocó otra. Recuerdo que mi profesora y su familia murieron en un bombardeo. Las guerras hacen que pierdas el control de tu vida y te marcan muchísimo. Lo peor de todo es que también normalizan la violencia, y esa es la parte más dura.
—¿Se imagina otro Irán?
—Para mí, el Irán del futuro tiene que ser un país donde el pueblo iraní deje de sufrir. Quiero un Irán libre de presos políticos y sin pena de muerte; un lugar donde las personas sean felices. También me gustaría que la comunidad internacional aprendiera a mirar a Irán más allá de su petróleo y de sus recursos naturales.

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