“Al presidente Trump le gustan. Nunca volveremos a un mundo sin aranceles”, según Jamieson Greer.
| Enrique Quintana Coordenadas |
La frase que Jamieson Greer dejó en sus reuniones privadas con empresarios mexicanos esta semana merece atenderse con todo el cuidado que impone su contundencia: “Al presidente Trump le gustan. Nunca volveremos a un mundo sin aranceles”.
Sin matices, sin promesas de retorno a cero, sin concesiones envueltas en gradualismo diplomático. El representante comercial estadounidense vino a administrar expectativas a la baja antes de que arranque, el 25 de mayo, la primera ronda formal bilateral rumbo a la revisión del T‑MEC.
Esto puede verse en dos perspectivas. La primera es que es lamentable. Con esa visión, el acuerdo comercial con Estados Unidos no será uno de libre comercio.
La segunda es menos crítica. Si algunos aranceles le preocupan a Trump y en todo lo demás, hay espacio para negociar acuerdos sin aranceles, la oportunidad para México es muy buena. Ya los hemos visto en los últimos meses cuando México ha consolidado su posición como proveedor número uno de Estados Unidos.
Norte, frente al 75% actual.
Aceptarlo supondría reconfigurar cadenas de suministro que han tardado tres décadas en consolidarse. Por eso es negociable.
En lo estructural, el mensaje es complejo. El nearshoring, esa narrativa que prometía convertir a México en el gran ganador de la fragmentación geopolítica, operaba sobre el supuesto de acceso preferencial al mercado estadounidense. Ya no será sobre cero arancel, pero los resultados recientes muestran que México puede seguir manteniendo esa preferencia.
Si ese acceso ahora incorpora aranceles permanentes, el diferencial de competitividad frente a Vietnam o India se puede estrechar peligrosamente. La clave será negociar para poder mantener las ventajas para nuestro país.
La gran paradoja es que la sorprendente economía mexicana se ha adaptado. Exportaciones de otros sectores han sustituido a las automotrices y seguimos teniendo un crecimiento récord en las exportaciones hacia Estados Unidos.
El gobierno ha hecho bien en no responder con bravuconadas. Ebrard maneja la negociación con oficio.
Pero México debe asumir —y comunicar con honestidad al sector privado y a la ciudadanía— que el escenario base ya no es un retorno al libre comercio regional tal como lo conocimos.
Es convivir con aranceles. Adaptarse a ellos. Y, sobre todo, dejar de esperar que la realidad económica le imponga razón a una Casa Blanca que ha decidido no escucharla.
Ese es, quizá, el ajuste más difícil: el de nuestras propias expectativas.

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