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viernes, 10 de abril de 2026

Fracking, una fractura política.

Por Más Noticias y un poco Más

No hay una tercera vía clara, y es ahí donde esta decisión, si no vuelve a meter reversa en dos meses, el fracking significará la corrección de una de las decisiones emblemáticas de López Obrador.




Raymundo Riva Palacio
Estrictamente Personal 


Después de más de 18 meses de dubitaciones, idas y venidas, la presidenta Claudia Sheinbaum dio un gran paso en firme hacia la utilización del fracking para la extracción de gas natural. No utilizó esa palabra que empapa la controvertida técnica para extraer hidrocarburos inyectando agua a alta presión, químicos y arena, sino el término aparentemente inofensivo, de producir en “yacimientos no convencionales”. Fue un cálculo deliberado. La palabra quema y enciende al expresidente Andrés Manuel López Obrador, que construyó su legitimidad sobre símbolos, uno de ellos el fracking, cuya rabiosa oposición la planteó como una frontera moral frente al pasado neoliberal.


Sheinbaum fue extremadamente cuidadosa, y dejó un espacio de maniobra política al plantear como condicionante un estudio sobre el impacto ambiental, que se entregará para tomar la decisión final dentro de dos meses, curiosamente coincidente con la fiebre mundialista. Pero si la presidenta se mantiene, el fracking no será solo una técnica de extracción a debate, sino una línea de fractura política con su antecesor. Sheinbaum llegó a la Presidencia con una narrativa heredada de López Obrador de transición energética, soberanía y rechazo a prácticas “depredadoras”. Desde el despacho presidencial había establecido que el fracking era anatema político y símbolo de un modelo extractivo que debía superarse. Incluso quiso elevar el veto a rango constitucional, pero no lo logró.


Ideológicamente, Sheinbaum está contra el fracking, aun cuando la tecnología lo ha hecho menos dañino al medio ambiente, pero como científica entiende que es una palanca para el desarrollo. Sheinbaum no tiene las telarañas que vivían en el pensamiento estancado de López Obrador, y parece haber superado una contradicción que borraba su ideologización: ¿por qué negarse al fracking cuando todo el gas natural que importa de Estados Unidos se extrae en Texas con el fracking?


No siempre se pueden tomar decisiones con las que se esté de acuerdo. Hay ocasiones donde tienen que tomarlas, aun estando en contra de ellas. Guardando toda la proporción, vale la pena recordar la decisión de Winston Churchill de atacar a la flota francesa en Mers-el-Kébir, un puerto en Argelia, tras la caída de Francia ante los nazis en 1940. Moralmente era muy compleja, pues Francia había sido su compañera de batallas, y políticamente muy controvertida, entre sus aliados y en el propio Reino Unido. Pero estratégicamente, fue la decisión correcta: si Alemania capturara la flota, pensó Churchill, Hitler la usaría para invadirlos y perderían la guerra. Fue una de sus decisiones políticas más difíciles, admitió años después, y la herida que provocó a los franceses sigue sangrando.


La técnica comenzó a aplicarse comercialmente a mediados del siglo pasado, pero no fue sino hasta principios de este siglo cuando la nuevas tecnologías permitieron la explotación a gran escala. No solo aumentó la producción energética en Estados Unidos, sino que también reconfiguró mercados, poder internacional y costos industriales. Antes del fracking, Estados Unidos era dependiente de los hidrocarburos extranjeros. México le vendía petróleo para la Reserva Estratégica que se almacenaba en las cuevas de Texas y Luisiana, y el presidente José López Portillo construyó un gasoducto desde Cactus, en Chiapas, a Reynosa, en Tamaulipas, para enviar gas natural a Estados Unidos. Hoy, esa nación es la principal productora de hidrocarburos.


Este nuevo modelo de desarrollo energético no lleva a la pregunta sobre si hay desacuerdo con López Obrador, sino cuándo se hará visible. Hasta ahora, la estrategia de Sheinbaum había sido posponer, con indefiniciones y contradicciones. Ese limbo político permitía mantener intacta la narrativa sin asumir el costo de la decisión. Pero ese equilibrio era inestable. La necesidad de recursos urge, la demanda de energía no espera, y la geopolítica tampoco. En algún punto, la realidad habría de obligarla a elegir.


Al final, el fracking no es el problema. Es el síntoma, porque el verdadero conflicto es otro: si Sheinbaum está dispuesta a gobernar con la realidad, o a seguir administrando la herencia.



Fuente: 👉🌐ElFinanciero.Com.mx🌐 

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