En la primera semana de abril, un kilo de jitomate llegó a venderse por encima de 55 pesos en varias centrales de abasto del país. Un año antes, el mismo kilo rondaba los 25 pesos.
| Enrique Quintana Coordenadas |
El jitomate no es solo una presencia cotidiana en nuestras mesas, sino quizás uno de los productos frescos que más tienen que ver con la inflación.
En la primera semana de abril, un kilo de jitomate llegó a venderse por encima de 55 pesos en varias centrales de abasto del país. Un año antes, el mismo kilo rondaba los 25 pesos.
No se trata de un simple brinco estacional. Es la señal más visible de una fragilidad estructural en el sistema de abasto alimentario de México, concentrado en exceso en una sola región que enfrenta una compleja problemática.
El golpe estadístico quedó registrado con claridad. En marzo de 2026 el jitomate aumentó 42.01 por ciento mensual y representó casi el 30 por ciento de la inflación registrada.
Desde la Secretaría de Agricultura se ha señalado que el incremento de precios es de carácter estacional y que estos tenderán a normalizarse con las cosechas de primavera. Es cierto, y es probable que se observe cierto alivio en las próximas semanas.
No obstante, la pregunta de fondo sigue vigente: ¿por qué el país entero queda expuesto cada vez que Sinaloa enfrenta una mala temporada?
La respuesta apunta a problemas estructurales que requieren atención urgente: la excesiva concentración regional del abasto, la dependencia de una cuenca hídrica cada vez más estresada, los desafíos de seguridad en el campo y la falta de una estrategia integral que equilibre el fuerte incentivo exportador con la seguridad alimentaria interna.
Regiones como Michoacán, Jalisco y Baja California aportan al suministro nacional de jitomate, pero aún no logran compensar la caída que se produjo en Sinaloa.
El jitomate no es el rey del INPC, pero sí su producto más temperamental.
Lo que estas semanas han puesto de manifiesto es que una mala temporada en Sinaloa puede convertirse rápidamente en un problema nacional de inflación y en un golpe directo al costo de la canasta básica para millones de familias.
A esta circunstancia hay que sumar los efectos que la guerra traerá consigo en el futuro y que se reflejarán en el costo de la comida.
Es un futuro desafiante para la política alimentaria del país.

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