El museo expone hasta el 13 de septiembre «El año del hambre en Madrid», obra de José Aparicio cuya historia es ejemplo de hasta qué punto el éxito es efímero... y también político.

Entre las Pinturas Negras y «Los fusilamientos» de Goya, entre otras pinturas y esculturas, cuelga la obra de Aparicio, además restaurada. «Durante unos meses previos a esta exposición se ha realizado un proceso de restauración que ha devuelto a la imagen su... no me atrevo a decir esplendor, pero sí su imagen más genuina», apunta Carlos G. Navarro, comisario de la muestra junto a Celia Guilarte. Hace así un guiño al rechazo que entre críticos se ha realizado durante años a la estética del cuadro. Recuerda, de hecho, Falomir cómo, en su época de estudiante, leyó un texto de Antonio Gaya Nuño en el que definía la obra de Aparicio como «horrendo cuadro, falso teatral y desagradable hasta la náusea, que muestra a unos madrileños de 1812 extenuados y famélicos...». «Tenía siempre claro que la primera de las obras que teníamos que incluir en ''Una obra, una historia'' era ''El hambre en Madrid'', porque pocas como ella ilustran la filosofía de este programa», apunta Falomir, refiriéndose a la iniciativa de ir más allá del lienzo, descubriendo así una parte de nuestro pasado no sólo histórico, sino social: pues ¿cómo una obra definida como «horrenda» pudo gozar de tantísimo éxito en su época, llegando a estar valorada en 60.000 reales, frente a los 8.000 de «Los fusilamientos»?

Lo universal frente a lo academicista
Con la fundación del Prado se expusieron 311 obras en tres salas. En la principal colgaba «el cuadro del hambre», en un entorno bien propagandístico. Le acompañaban «La muerte de Viriato» de Madrazo o dos obras de un Goya rebajado a su faceta retratista. «No deja de resultar irónico ver los bodegones de Bartolomé Montalvo, con sus cocinas y despensas llenas, junto a ‘‘El hambre’’, más allá de una posible asociación con la bonanza procurada por el gobernante», apunta Guilarte. Navarro añade que «era una sala con gran carga política. Cuando se funda el Prado, era el museo de Fernando VII, un rey absolutista que tenía que hacerse querer por la sociedad que lo estaba pasando mal».
La fama de «el cuadro del hambre» fue constante, hasta que, en 1872, al recién nacionalizado Prado se anexionó el Museo de la Trinidad. Esto llevó a una reorganización de la colección, en la que se vio incompatible el discurso liberal con la pintura de Aparicio, hasta el punto de expulsarla. Frente a ella, comenzaron a ser ensalzadas las perspectivas de Gisbert o Goya, pues capturaban una violencia universal frente a lo academicista. Unas miradas que, por cierto, siguen casando con los ojos de hoy pues, siglos después, «Los fusilamientos» sigue siendo de las obras fundamentales del museo: eso sí debe ser constancia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario