Tiene ochenta y ocho metros de largo y más de doscientos años de historia. Lo clausuraron por decreto, lo disputaron los vecinos, quisieron cambiarle el nombre y al final se lo cambiaron. Pero el callejón del Truco, como su nombre lo indica, siempre tuvo un as guardado
En la antigua villa de Santiago del Saltillo, las calles y callejones no eran simples corredores de tránsito: eran testigos de herencias, disputas y sueños de vecinos. Entre esos espacios, el callejón del Truco ocupa un lugar singular, no solo por la pintoresca leyenda que lo envuelve, sino por la riqueza de su historia documental, que lo convierte en un referente fiel de la vida cotidiana saltillense durante casi siglo y medio.
El juego antes que la leyenda
Antes de rastrear los documentos, conviene detenerse en el nombre mismo, porque en él, está quizás la explicación más sencilla y real de su origen. El truco es un juego de cartas españolas que se extendió por toda América durante el periodo colonial. Combina el bloqueo, el engaño y el alarde: la habilidad de aparentar tener lo que no se tiene, o de ocultar lo que sí se tiene. Era el juego predilecto de cantinas, portales y callejones. Que un callejón de Saltillo llevara su nombre indica, con toda probabilidad, que en ese lugar se jugaba con la regularidad y la intensidad con que se juegan las cosas prohibidas. El truco es también, en el habla popular, sinónimo de ardid y astucia.
Los primeros rastros
Las primitivas huellas documentales nos llevan a los años iniciales del siglo XIX, cuando Saltillo vivía el auge de su célebre feria, punto de encuentro de comerciantes y visitantes provenientes de todo el septentrión novohispano. En 1805, un minero llamado José María Villasana, vecino del Real de Mazapil, se encontraba en la villa con motivo de la feria. Aprovechó su estancia para vender una casa en este callejón, al que los documentos ya llaman del Truco, por cien pesos a Manuel González, quien actuaba como apoderado de Lugarda Zertuche y su esposo José María Yáñez. Es un detalle revelador: el callejón era ya entonces un espacio residencial y comercial.
Ese mismo año, los hermanos Zertuche, José Ignacio, Marcos, María de Jesús y Juana Gertrudis, vendieron también a Manuel González la parte de una casa que les correspondía por herencia paterna en el callejón. Tres años más tarde, en 1808, Teodora de Zertuche siguió el mismo camino y vendió su fracción al mismo González, quien fue así consolidando varias porciones del callejón en sus manos y convirtiéndose en su principal propietario durante esos años.
El nombre en papel
Los archivos registran el nombre con toda claridad desde 1805, bajo las formas de “Callejón del Truco” o “callejón que llaman del truco”. Esta última expresión, “que llaman”, indica que el nombre era ya de uso popular y oral desde antes de quedar asentado en algún documento.
Un espacio vivo
Las décadas siguientes confirman que el callejón del Truco era un espacio activo, integrado al pulso comercial y residencial de la villa. En 1819, nuevamente durante los días de feria, aparece en una nueva transacción. En 1824, Venancio de Cepeda vendió un cuarto de tienda y trastienda en la calle Principal, hoy calle Hidalgo, propiedad que colindaba directamente con el callejón. En 1842, Jesús y Felipe Sánchez permutaron una casa en el callejón del Truco por otra en la calle de Huizache, trato concertado con Juan González.
Si los Zertuche y los González dominaron la historia temprana del callejón, la segunda mitad de la década de 1840 estuvo marcada por otra familia igualmente prominente: los Pereyra. Su presencia en el lugar era por José Pereyra de Castro quien había sido el responsable de la Real Renta del Tabaco, Pólvora y Naipes, responsable de rendir cuentas al Ayuntamiento sobre el estado de esos fondos.
En 1846, Francisco Pereyra, heredero de esa estirpe, vendió una parte de su propiedad. Los documentos la identifican como la “Casa de Pereyra”, cuyo costado norte colindaba con el callejón del Truco. Dos años más tarde, en 1848, se registró la venta de doce acciones de una casa heredada de Vicenta Pereyra, ubicada frente a la plaza Principal y limitada al norte, de nuevo, por el callejón del Truco. Estos registros sitúan la propiedad con precisión: sobre la calle Hidalgo, a un lado de la Capilla del Santo Cristo y el callejón del Truco.
Los ardides del poder
En 1854, el gobernador Gerónimo Cardona ordenó clausurar el callejón y ceder parte de él a dos particulares: Juan González Zertuche y Jesús Salas. Los documentos no explican los motivos del cierre, pero el beneficio privado es evidente. La situación se agravó en octubre de 1858, cuando Ángel Ferreyra solicitó al ayuntamiento la reapertura del callejón, que permanecía clausurado por orden del mismo Cardona. Solo quedan el nombre de Cardona, la queja de Ferreyra y el silencio de un callejón cerrado al libre tránsito de los saltillenses.
El conflicto se prolongó: en julio de 1860, vecinos volvieron a solicitar al gobernador que abriera el callejón. La gente no quería perder ese espacio en el corazón de la ciudad. La autoridad, sin dar explicaciones, se resistía. Una decisión arbitraria más en el Saltillo decimonónico.
La leyenda de Froylán Mier Narro
El periodista Froylán Mier dejó escrita su propia versión sobre el origen del nombre. Según él, todo vino del pregón de un pastelero francés que vendía en la plaza sus célebres trucos: tubos de harina que al calor del fuego se rellenaban solos de pasta dulce con sabor a frutas, cinco por un real. Obligado por el alcalde a abandonar la Plaza Principal, el pastelero se instaló en la esquina de lo que hoy es la calle Hidalgo con el callejón, que desde entonces tomó su nombre. Para rematar, Mier añade que ese mismo pastelero emigró después a la Ciudad de México, y que las pérdidas que reclamó al gobierno francés contribuyeron a desencadenar la Guerra de los Pasteles de 1838.
Bonita, pero...
La historia es tierna y encantadora, pero los documentos no la sostienen. Los archivos registran el nombre del Truco desde 1805, treinta y un años antes de esa guerra. Si el nombre ya existía, el pastelero no pudo ser la causa. A esto se suma otro problema: durante la época colonial, los ciudadanos franceses no eran bienvenidos en los territorios de la Corona española. Napoleón Bonaparte estaba por esas fechas en plena expansión, lo que hacía que su presencia en la Nueva España fuera vista con desconfianza y estuviera sujeta a serias restricciones.
Las fechas no cuadran y el contexto histórico tampoco acompaña. La figura del pastelero francés fue inventada después para darle una explicación pintoresca a un lugar que de otro modo carecía de una. Cuando la verdad es difícil de encontrar, las ciudades se inventan historias que suenen bonitas. La explicación más sobria, y la que mejor resiste se acerca, es la del juego de naipes.
El intento fallido
El ensayo de cambiar el nombre más documentado llegó en noviembre de 1942, unos meses después de la muerte del historiador Carlos Pereyra. El director José González Jr. y el jefe de redacción, licenciado Fausto Espinosa Carrera, de la revista Vanguardia, cuyas oficinas se encontraban precisamente en el callejón del Truco 102, presentaron ante el cabildo una propuesta para que el callejón llevara el nombre del ilustre saltillense. Pereyra era ya entonces uno de los intelectuales coahuilenses de mayor proyección internacional: historiador riguroso y ensayista cuya obra sobre la historia de México y América le había valido reconocimiento más allá de las fronteras. La propuesta tenía lógica: los archivos del siglo XIX vinculaban a la familia Pereyra con ese lugar a través de las propiedades de José, Vicenta y Francisco; la pared sur del callejón era el lindero de la antigua Casa Pereyra. El cabildo recibió la propuesta, pero no la autorizó.
Cambio sí, pero ese nombre no
El hecho de que hoy el callejón lleve el nombre de General Ildefonso Vázquez sugiere que, en algún momento posterior a 1942, hubo una decisión que borró el nombre antiguo. Los archivos la guardan en algún legajo extraviado, o quizás nunca la registraron del todo. Los indicios apuntan al gobernador en turno, Benecio López Padilla, militar revolucionario, se inclinó por honrar a Ildefonso Vázquez. Tanto López Padilla como Vázquez sirvieron en el Ejército del Noreste, comandado por el general Pablo González durante 1913 y 1914, en operaciones contra los huertistas en Coahuila y Nuevo León. El vínculo era real. Pero el afecto personal no siempre coincide con la memoria urbana.
¿Quién era Ildefonso Vázquez?
Ildefonso Valentín Vázquez Taméz nació el 14 de febrero de 1890 en Piedras Negras, Coahuila. Se incorporó a las fuerzas revolucionarias en 1911 y combatió en batallas clave de las etapas maderista y constitucionalista. Fiel a Venustiano Carranza, ascendió a capitán en 1913, a general brigadier en 1914 y a general de división en junio de 1915. Fue nombrado gobernador interino de Nuevo León y murió el 15 de junio de ese mismo año en Monterrey, a causa de las heridas recibidas en la batalla de Icamole. Tenía veinticinco años.
No se cuestiona aquí su valentía ni su heroísmo. Pero sí cabe preguntarse si un callejón con más de un siglo de historia propia era el lugar más indicado para honrarlo. El nombre del Truco cargaba algo difícil de reemplazar: el juego, el ardid, la leyenda. Es el tipo de sustitución que se repite a lo largo de toda la nomenclatura urbana de Saltillo: la autoridad imponiendo nombres heroicos sobre los rincones que tenían vida propia. No es un gesto sin valor; Vázquez Taméz merece su memoria. Pero el Truco merece también la suya.
Un nombre que merece ser recordado
El antiguo callejón del Truco es mucho más que una vía estrecha en el centro de Saltillo, de poco menos de ochenta y ocho metros. Es la historia concisa de cómo vivía, comerciaba, jugaba y disputaba la ciudad hace más de siglo y medio. En sus escrituras están los comerciantes y las familias que dividían sus casas entre herederos, los gobernadores que clausuraban callejones sin dar explicaciones y los vecinos que durante años insistían en que se los devolvieran, los periodistas que en 1942 quisieron honrar a un historiador con un callejón modesto pero cargado de historia.
Está también la leyenda. Las ciudades no solo acumulan historia: a veces se inventan una más bella cuando la verdad se vuelve difícil de encontrar. El pastelero francés con su brasero y sus trucos de harina vive en el relato de Froylán Mier, y aunque las cosas no hayan ocurrido exactamente así, dice algo sobre el espíritu de un lugar.
Cambiar los nombres de las calles es, en sí mismo, un truco: sacar un nombre de debajo de la manga sin que nadie lo vea, sin que nadie lo registre, sin que nadie dé la cara. El callejón del Truco fue uno de los últimos nombres coloniales que se resistieron al olvido. Sobrevive en la memoria de quienes conocen los nombres viejos de los callejones viejos de Saltillo. Y ahora, también, en quienes leen este relato.
Fuente: 🗞️Vanguardia.com.mx🗞️

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